Luis Cisneros Quirarte
@luiscisnerosq
(22 de abril de 2016)
Estados Unidos de América es la capital mundial
del capitalismo (y presuntamente de la democracia). Después de la segunda
guerra mundial, el consenso de los norteamericanos alrededor del libre mercado fue
absoluto. El anticomunismo de la guerra fría y el mundo unipolar tras el
derrumbe del bloque soviético, provocó que las diferencias ideológicas entre el
Partido Demócrata y el Republicano fueran mínimas.
No hubo mayores diferencias entre los gobiernos
de Kennedy y Nixon, como no las hubo entre Bush padre y Clinton. O entre Bush
hijo y Obama. Todos ellos defendieron los intereses comerciales y militares estadounidenses.
Vietnam, Irak, Afganistán. Más allá de matices de política interior respecto a
la responsabilidad del gobierno en la asistencia social, no hay disenso entre
partidos si de lo que se trata es de preservar la hegemonía geopolítica
norteamericana y sus intereses corporativos bajo el manto de la democracia. Incluso
después de Reagan el consenso fue más lejos: mucho gobierno estorba el
crecimiento económico. Menos impuestos y regulación significan más inversión y
consumo y por ende bienestar social.
Esta noción hizo crisis en 2008. Demasiados préstamos
hipotecarios que los consumidores no pudieron pagar. Demasiados bonos basura
que presuntamente respaldaban tales préstamos. Miles de millones de dólares evaporándose
de la noche a la mañana. Wall Street, el distrito neoyorquino sede de las
finanzas globales, al borde del colapso.
Fue necesaria la inyección de dinero público por
parte del gobierno para rescatar a los bancos y fondos de inversión decretados demasiado grandes para caer. El credo
capitalista, que repudia el intervencionismo estatal en el mercado, fue hecho a
un lado tanto por Bush como por Obama. Y mientras millones de ciudadanos perdían su casa, su empleo y el colegio de sus
hijos, los altos directivos del sector financiero, cuyas decisiones llevaron al
punto de quiebra a la economía, siguieron gozando de bonos y sobresueldos
millonarios.
Algo no funcionaba en el capitalismo. En la
cuna de la democracia contemporánea, de los gobiernos del pueblo, por el pueblo
y para el pueblo -como famosamente lo fraseó Abraham Lincoln-, algo olía mal.
Nace el movimiento del noventa y nueve por
ciento. El uno por ciento de los norteamericanos concentra la riqueza del otro
noventa y nueve. Son los que mueven los hilos, quienes pagan las costosas
campañas de los candidatos a la cámara de representantes, al senado, a la Casa Blanca.
Bernie Sanders, un septuagenario veterano de
los movimientos de protesta estudiantiles de los años sesentas, senador
independiente –sin filiación de partido- de uno de los estados más pequeños de
la unión americana, Vermont, lanzó el año pasado su campaña por la candidatura
presidencial de los demócratas. Fue minimizado y hasta ridiculizado por los
medios estadounidenses e internacionales, sobre todo al declararse a sí mismo
como socialista. Impensable. Hillary Clinton y la maquinaria política que la respalda
lo despedazaría.
Y si bien en efecto, hoy, habiendo transcurrido
elecciones primarias en 38 estados y faltando 19 por votar, la ventaja de
Clinton es de 249 delegados –ello sin contar otros 502 superdelegados (dirigentes partidistas y legisladores con la
libertad de cambiar su voto en la asamblea que en julio elegirá al candidato)-
pese a los reiterados obituarios que en la media
americana se han escrito sobre las posibilidades de Sanders, aún así, este ha
conseguido ganar 17 estados, por 21 de ella. Hillary Clinton tiene 1,446
delegados y Sanders 1,200. Se necesitan 2,383 para ganar y aún quedan 1, 668
por repartir. La estrategia de Sanders es revertir la ventaja de Clinton en los
delegados electos en las primarias restantes, y convencer a los superdelegados
para que no vayan en contra de la voluntad de una eventual mayoría de votantes
demócratas.
Lo relevante es que Sanders ha logrado sus
votos sin recurrir al financiamiento de las grandes corporaciones. Por el
contrario, su propuesta política es la de desmantelar aquellas instituciones
financieras demasiado grandes para caer
y que las corporaciones y grandes fortunas paguen los impuestos que les
corresponden para financiar un sistema de cobertura médica universal, la
gratuidad de la educación universitaria, y un salario mínimo de 15 dólares por
hora. Descriminalizar las drogas y reformar el sistema carcelario
norteamericano. Castigar en cambio penalmente a los responsables del quebranto
financiero de hace unos años. Que el uno por ciento pague su parte del sueño
americano de las clases medias y empobrecidas, y que no esconda sus beneficios
en exenciones legales y paraísos fiscales.
En cada estado en los que ha competido, ha
ganado entre los votantes menores de 30 años de ambos géneros sin distingo de
color de piel. Ha logrado recabar más dinero para su campaña que Clinton,
gracias a donantes individuales que aportan un promedio de 27 dólares cada uno.
Muchos de sus seguidores han adelantado que no votarán por Clinton si Sanders
no es el candidato demócrata. El candidato del establishment, en un ciclo electoral atípico donde por los
republicanos contienden los también anti-sistema Trump y Ted Cruz, es Hillary
Clinton (paradójicamente ella, y no un candidato blanco, tendría que ser la
opción revolucionaria: la primera mujer presidente). Ya hay iniciativas en redes sociales para
reclutar a Sanders y convencerlo de que en caso de no lograr la candidatura
demócrata, se postule como candidato independiente.
Clinton ha acusado a Sanders de ingenuo. Que
los cambios no son asequibles en un congreso bloqueado por los republicanos. Que
Sanders no puede contar siquiera con la lealtad de los demócratas, pues hasta hace
poco era independiente. Y que carece además de la habilidad política –que ella
dice acreditar- para lograr cambios. Que el progreso es gradual.
Sanders postula lo contrario. Para recuperar la
democracia, y cambiar un sistema trampeado
(“rigged”), que defiende los intereses del uno por ciento y no los de la gente
común, es necesaria una revolución política.
Cambiar las reglas del juego, para que el gobierno vuelva a ser del pueblo y
para el pueblo. Y que ello se va a lograr no con uno u otro presidente. Sino
con la participación activa de los ciudadanos en el proceso político. Desde
abajo. Y esa, que ya está ocurriendo, es la revolución de Bernie Sanders.