jueves, 28 de abril de 2016

La revolución de Bernie Sanders

Luis Cisneros Quirarte
@luiscisnerosq

(22 de abril de 2016)

Estados Unidos de América es la capital mundial del capitalismo (y presuntamente de la democracia). Después de la segunda guerra mundial, el consenso de los norteamericanos alrededor del libre mercado fue absoluto. El anticomunismo de la guerra fría y el mundo unipolar tras el derrumbe del bloque soviético, provocó que las diferencias ideológicas entre el Partido Demócrata y el Republicano fueran mínimas.

No hubo mayores diferencias entre los gobiernos de Kennedy y Nixon, como no las hubo entre Bush padre y Clinton. O entre Bush hijo y Obama. Todos ellos defendieron los intereses comerciales y militares estadounidenses. Vietnam, Irak, Afganistán. Más allá de matices de política interior respecto a la responsabilidad del gobierno en la asistencia social, no hay disenso entre partidos si de lo que se trata es de preservar la hegemonía geopolítica norteamericana y sus intereses corporativos bajo el manto de la democracia. Incluso después de Reagan el consenso fue más lejos: mucho gobierno estorba el crecimiento económico. Menos impuestos y regulación significan más inversión y consumo y por ende bienestar social.

Esta noción hizo crisis en 2008. Demasiados préstamos hipotecarios que los consumidores no pudieron pagar. Demasiados bonos basura que presuntamente respaldaban tales préstamos. Miles de millones de dólares evaporándose de la noche a la mañana. Wall Street, el distrito neoyorquino sede de las finanzas globales, al borde del colapso.

Fue necesaria la inyección de dinero público por parte del gobierno para rescatar a los bancos y fondos de inversión decretados demasiado grandes para caer. El credo capitalista, que repudia el intervencionismo estatal en el mercado, fue hecho a un lado tanto por Bush como por Obama. Y mientras millones de ciudadanos  perdían su casa, su empleo y el colegio de sus hijos, los altos directivos del sector financiero, cuyas decisiones llevaron al punto de quiebra a la economía, siguieron gozando de bonos y sobresueldos millonarios.

Algo no funcionaba en el capitalismo. En la cuna de la democracia contemporánea, de los gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo -como famosamente lo fraseó Abraham Lincoln-, algo olía mal.

Nace el movimiento del noventa y nueve por ciento. El uno por ciento de los norteamericanos concentra la riqueza del otro noventa y nueve. Son los que mueven los hilos, quienes pagan las costosas campañas de los candidatos a la cámara de representantes, al senado, a la Casa Blanca.

Bernie Sanders, un septuagenario veterano de los movimientos de protesta estudiantiles de los años sesentas, senador independiente –sin filiación de partido- de uno de los estados más pequeños de la unión americana, Vermont, lanzó el año pasado su campaña por la candidatura presidencial de los demócratas. Fue minimizado y hasta ridiculizado por los medios estadounidenses e internacionales, sobre todo al declararse a sí mismo como socialista. Impensable. Hillary Clinton y la maquinaria política que la respalda lo despedazaría.

Y si bien en efecto, hoy, habiendo transcurrido elecciones primarias en 38 estados y faltando 19 por votar, la ventaja de Clinton es de 249 delegados –ello sin contar otros 502 superdelegados (dirigentes partidistas y legisladores con la libertad de cambiar su voto en la asamblea que en julio elegirá al candidato)- pese a los reiterados obituarios que en la media americana se han escrito sobre las posibilidades de Sanders, aún así, este ha conseguido ganar 17 estados, por 21 de ella. Hillary Clinton tiene 1,446 delegados y Sanders 1,200. Se necesitan 2,383 para ganar y aún quedan 1, 668 por repartir. La estrategia de Sanders es revertir la ventaja de Clinton en los delegados electos en las primarias restantes, y convencer a los superdelegados para que no vayan en contra de la voluntad de una eventual mayoría de votantes demócratas.

Lo relevante es que Sanders ha logrado sus votos sin recurrir al financiamiento de las grandes corporaciones. Por el contrario, su propuesta política es la de desmantelar aquellas instituciones financieras demasiado grandes para caer y que las corporaciones y grandes fortunas paguen los impuestos que les corresponden para financiar un sistema de cobertura médica universal, la gratuidad de la educación universitaria, y un salario mínimo de 15 dólares por hora. Descriminalizar las drogas y reformar el sistema carcelario norteamericano. Castigar en cambio penalmente a los responsables del quebranto financiero de hace unos años. Que el uno por ciento pague su parte del sueño americano de las clases medias y empobrecidas, y que no esconda sus beneficios en exenciones legales y paraísos fiscales.

En cada estado en los que ha competido, ha ganado entre los votantes menores de 30 años de ambos géneros sin distingo de color de piel. Ha logrado recabar más dinero para su campaña que Clinton, gracias a donantes individuales que aportan un promedio de 27 dólares cada uno. Muchos de sus seguidores han adelantado que no votarán por Clinton si Sanders no es el candidato demócrata. El candidato del establishment, en un ciclo electoral atípico donde por los republicanos contienden los también anti-sistema Trump y Ted Cruz, es Hillary Clinton (paradójicamente ella, y no un candidato blanco, tendría que ser la opción revolucionaria: la primera mujer presidente). Ya hay iniciativas en redes sociales para reclutar a Sanders y convencerlo de que en caso de no lograr la candidatura demócrata, se postule como candidato independiente.

Clinton ha acusado a Sanders de ingenuo. Que los cambios no son asequibles en un congreso bloqueado por los republicanos. Que Sanders no puede contar siquiera con la lealtad de los demócratas, pues hasta hace poco era independiente. Y que carece además de la habilidad política –que ella dice acreditar- para lograr cambios. Que el progreso es gradual.

Sanders postula lo contrario. Para recuperar la democracia, y cambiar un sistema trampeado (“rigged”), que defiende los intereses del uno por ciento y no los de la gente común, es necesaria una revolución política. Cambiar las reglas del juego, para que el gobierno vuelva a ser del pueblo y para el pueblo. Y que ello se va a lograr no con uno u otro presidente. Sino con la participación activa de los ciudadanos en el proceso político. Desde abajo. Y esa, que ya está ocurriendo, es la revolución de Bernie Sanders.  



miércoles, 27 de abril de 2016

España: del quiebre del bipartidismo al riesgo de ingobernabilidad.


Luis Cisneros Quirarte
@luiscisnerosq

Tras la muerte de Francisco Franco en 1975, España ha sido gobernada por tres partidos. La Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, una coalición partidista que gobernó los primeros cinco años de la transición española y que después se disolvió; el Socialista Obrero Español (PSOE), de izquierda; y el Partido Popular (PP) de derechas: estos últimos se ha alternado desde 1982 la gestión de gobierno.

La crisis financiera mundial de 2008, que en España se tradujo en muy elevados niveles de desempleo y recortes a programas sociales, aunado a reiteradas evidencias de corrupción por parte de sus dirigentes, alimentó el desencanto ciudadano con su clase política.

Expresiones espontáneas de protesta que crecieron gracias a la interactividad de las redes sociales virtuales, como el Movimiento de los Indignados de 2011, encontraron cauce institucional con la fundación en 2014 de Podemos, un partido político a la izquierda del tradicional PSOE, que bajo la dirección de Pablo Iglesias, ha venido ganando posiciones en el parlamento europeo y en los gobiernos regionales y municipales desde entonces.

Por otra parte, el reto independentista de Cataluña, que divide no solamente la opinión pública de España sino también la de los catalanes mismos, fue caldo de cultivo para que una opción política que desde el territorio catalán plantea la pertenencia a España, desbordara los límites regionales y se implantara en el país, como es el caso de Ciudadanos de Albert Rivera.

Así, el tradicional bipartidismo español quedó superado con el surgimiento de dos formaciones partidarias que le disputaron la clientela de izquierda al PSOE (Podemos) y la de centro derecha al PP (Ciudadanos). Los resultados de las elecciones generales del 20 de diciembre pasado lo confirmaron. Sin embargo, el nuevo esquema de competencia real, que pasó de dos partidos a cuatro, presenta mayores complejidades para conformar un gobierno, que para el caso de España, requiere del respaldo de al menos la mitad más uno de los diputados electos (el gobierno español es parlamentario: el presidente es elegido por la mayoría del congreso).

El PP ganó una mayoría simple, que sin embargo le fue insuficiente para repetir gobierno con Mariano Rajoy. El PSOE y Ciudadanos se aliaron para proponer al líder socialista, Pedro Sánchez, como presidente. Con la negativa de Podemos a sumarse a esta alianza, bajo el reclamo de un gobierno de coalición entre PSOE y Podemos que excluya a Ciudadanos y que abra la puerta al reconocimiento de la independencia catalana, inaceptable para los socialistas, ambas alternativas de gobierno fracasaron.

La consecuencia es que habrán de repetirse las elecciones el 26 de junio del presente año, lo que de cualquier modo, no augura se desate con ello el nudo existente. Un amplio sector de la sociedad que no se ve reflejado en los dos partidos tradicionales, la polarización entre los dos nuevos partidos emergentes, y la incapacidad de diálogo entre las formaciones políticas todas, que vaya más allá de bloques minoritarios, tiene a España en la indefinición política, y en el riesgo de la ingobernabilidad.


La política es en España el problema, y también la única solución.